La primera vez que escuché el mentado Coronavirus o Covid-19 fue a finales de 2019 cuando se anunciaba el primer caso en China, debo confesar que no le di mayor importancia; como a muchas de las cosas que pasan en Asia a uno le impactan, pero pasa de “¡Ay Dios! Esos a esos chinos les pasan unas cosas…” y ya. Luego a inicios de 2020 vi un video en Facebook mostraba como en Wuhan (donde nació el virus) fue construido un hospital para pacientes con este virus en tiempo record, la construcción del complejo con capacidad para 1,000 camas fue construido en 10 días, en este momento pensé “creo que la cosa es seria…” (Ver noticia «China Acaba de Construir un hospital en días. Así lo logró.»)
Nuestro 2020 comenzó como cualquier otro año, lleno de planes, metas, con esa especie de sereno que ofrece cualquier inicio de año cuando uno siente que puede lograr cualquier cosa que se propone PERO, este año fue distinto; algo se sentía en el aire.
Trabajaba a toda marcha en Tallahassee durante los primeros 3 meses del año, el 17 de marzo de 2020 cumplía un año trabajando con esta empresa cuyo principal ramo eran los restaurantes, aquí era responsable de 3 almacenes, además de las entregas y de dejar los equipos (de cocina o refrigeración) listos para su instalación. Rodé más que un caucho por toda Florida y el sur de Georgia entregando estufas, refrigeradores, freidoras, sillas, mesas, platos, vasos, cubiertos y cualquier otra vaina que se puedan imaginar que utiliza un restaurante para ofrecer un buen servicio.
Como ya lo he dicho, este trabajo ha sido el trabajo más exigente que he tenido desde que llegué a los Estados Unidos, no tanto por las horas de trabajo si no por la intensidad. Si no saben cuanto pesa cualquier equipo de cocina comercial, les juro que mi espalda se los puede contar. A lo largo de esos 12 meses tuve que asistir a 4 sesiones con quiropráctico por molestias en mi espalda, una visita a la sala de emergencia luego de que una plancha de gas explotara en mi cara lo que hizo que se me quemaran las corneas, perdiera las pestañas, parte de mis cejas y varios mechones de cabello. Machucones, golpes, sofocones, cortadas y demás.
El 31 de diciembre de 2019 llegué a mi casa a las 9:00 pm luego de salir a las 7:30 am, tuve que viajar a Jacksonville a hacer una entrega “urgente” a un restaurante donde no había nadie y el cual tardó (a partir de ese día) dos meses para abrir.
Esto no era inusual, no era inusual tampoco que llegara a mi casa en la madrugada luego de un viaje largo, tampoco lo era estacionarme en alguna estación de gasolina para dormir 10 minutos para poder seguir el trayecto.
Recuerdo en especial una ocasión en febrero de 2020 donde venía de Jacksonville, por insistencia de mi exjefa, debíamos armar un equipo en un restaurante que aun no estaba abierto y esto hizo que saliera de Jacksonville a las 11:00 pm, ella se quedó con unos familiares en Jacksonville y yo me regresé solo. Gracias a Dios la autopista i10 tiene zonas de descanso cada cierta distancia ya que tuve que detenerme en 2 ocasiones por 15 o 20 minutos a dormir para poder llegar con bien a Tallahassee, atravesé la puerta de mi casa a las 2:30 am y al otro día tuve que levantarme temprano a entregar el tráiler que habíamos alquilado para poder trasladar los equipos.
La pandemia se venía asomando… empezaron a anunciar los primeros casos en los Estados Unidos y ahí uno empieza a asustarse…
Luego empezaron a anunciar los primeros casos en Florida… la incertidumbre, el miedo, el no saber realmente que estaba pasando hacía que todo el ambiente y toda la gente se sintiese con una aprehensión enorme.
El jueves 20 de febrero el mercado se desplomó y esto prendió las alarmas de todos, particularmente confieso que llegué a pensar que las reacciones estaban siendo exageradas, luego se empezó a escuchar por primera vez la palabra Pandemia y ahí cambió un poco mi perspectiva.
Seguimos trabajando, con cautela; en aquel momento nadie hablaba de usar guantes o mascarilla. Empezamos a escuchar rumores de restaurantes cerrando en Miami y la preocupación iba aumentando.
Empezó la cuarentena en Italia, luego en España y ese tipo de cosas solo se veían en las películas, parecía todo tan irreal… pero el susto iba aumentando.
Llegó el 17 de marzo y cumplía un año trabajando en esta empresa, para mí era un logro, pero no me sentía festivo…
Aquel día mi exjefa me dijo “Creo que sería buen momento para que te tomes las vacaciones que te corresponden” mi respuesta fue “¿Pero vacaciones a dónde?” (El país estaba prácticamente paralizado)
Durante el 17, 18, 19 y 20 era usual ver caras largas en todo el equipo de trabajo, no era algo normal…
Al mediodía del viernes 20 de marzo le digo “Sabes qué, creo que te tomaré la palabra y me tomaré las vacaciones”, su respuesta seca, mirando al suelo y con cierta vergüenza fue “Creo que en efecto vas a tomarte las vacaciones, pero sin pago. Debo salir un momento, al regresar hablamos.” quedé en el sitio.
Parte de mí sentía temor y preocupación, otra parte sentía una serenidad inconmensurable.
Mi exjefa llegó cercano a las 4:00 pm, me llama a su oficina y me dice que había tomado la decisión de cerrar operaciones -al menos- durante dos semanas. “Todos los restaurantes están cerrando y no puedo sostener la tienda sin restaurantes abiertos. Si todo esto pasa en dos semanas los llamo, si no pues esto será hasta nuevo aviso”.
Estaba siendo despedido, sin remuneración, sin liquidación, sin aviso y sin protesto.
Ese día mi vida y la de mi familia estaba cambiando de rumbo frente a mis ojos, pero de nuevo mi reacción dentro de mi cabeza era “creo que todo esto está siendo exagerado…”
Al finalizar la conversación quedamos en que debía regresar el lunes por mi último pago, para mi sorpresa, cuando fui el lunes 23 todo estaba abierto, como si nada hubiese sucedido, ahí entendí que hubo partes de ese discurso que se omitieron, no dije nada, solo pensé y reflexioné.
Hoy hace un año desde aquel día y miro atrás y me impresiona de cuanto ha cambiado mi vida y la de mi familia durante todo este año, todo para bien. Estoy seguro de que la clave fue nunca perder el entusiasmo, mantener siempre la mejor actitud ante todo lo que iba sucediendo.
Entre tanto reflexioné, analicé y aprendí muchas cosas, para mí lo más importante fue algo que ya he compartido:
No entregues siempre más del 100% en ningún empleo. Al menos que sea tu propia empresa, una meta tuya o para con tu familia; de resto no vale la pena dar más del 100 porqué acostumbras a la gente a tu 110 (por ejemplo), das más; le pones más, trabajas más tiempo, levantas más peso, etc. No somos robots; eventualmente no podrás dar el 110, resulta que das el 100 (lo que se supone que debes dar) pero pasa que como acostumbraste a la empresa a dar el 110, ahora que das el 100 sienten que estás dando menos y ni se te ocurra dar 99 porqué estarás en problemas, entonces; da el 100, haz lo que te corresponde hacer DE VEZ EN CUANDO, cuando te nazca da el 101, 105 o 110, pero no lo hagas costumbre, porqué cuando des menos te juro que se notará y estarás en problemas.
Lo más triste, aun cuando en la mayoría de los días des el 200%, cuando las cosas se pongan difíciles eres una cifra, un sueldo, algo desechable para la empresa.
(Ver video “No acostumbres a dar SIEMPRE el 110% en tu trabajo”)
Esto no te lo digo por resentimiento, no lo digo como un exempleado insatisfecho ni mucho menos lo digo con rabia, para nada. Lo digo como migrante, como esposo, como papá y como hijo. Y lo digo porqué es la tercera vez que me pasa, como bien dice el dicho “La 3era es la vencida”. Aprender esta lección me costó mucho y es por ello por lo que quiero transmitirte hoy este mensaje.
Hoy me siento fortalecido, siento que crecí en un año lo que en condiciones normales me hubiese tardado 3 años o más y eso es valiosísimo.
Hoy mi familia y yo estamos bien, agradecidos con todo lo que la vida fue poniendo en el camino porqué cada obstáculo lo utilizamos de escalón.
Tres meses después nos cambiamos de ciudad, he tenido tiempo para desarrollar muchas cosas que tenía desde hace tiempo como “pendientes”, he podido desempeñarme mejor como trabajador en otro empleo, dando el 100, cumpliendo y sobrepasando expectativa. Lo más importante es que he tenido tiempo para enfocarme en mis propios proyectos, todo gracias a aquel despido.
¿Cómo estás TÚ hoy?
¿Dónde estabas hace un año? ¿Haciendo qué? ¿Pensando cómo?
Me gustaría que escribieras en un papel todas estas respuestas y reflexiones sobre todo lo que has aprendido durante este año que ha pasado, saca lo bueno y desecha lo malo.
Para el mundo fue una pandemia, para los migrantes todo esto fue un obstáculo más.
He intentado grabar un episodio con este tema desde hace casi un año y (por lo delicado del tema) las personas que invito a conversar sobre esto se niegan a grabar formalmente un episodio. No pierdo las esperanzas, mientras tanto escribo esta entrada sobre una realidad que aqueja -y ha aquejado- a una buena cantidad de migrantes.
Debo aclarar que actualmente estoy casado con la misma persona con quien salí de Maracaibo y aunque Aimée y yo hemos vivido cosas bastante fuertes durante nuestras migraciones, la palabra Divorcio es algo que nunca nos hemos atrevido ni a mencionar, por lo que el contenido de esta entrada lo escribo según la experiencia de personas muy allegadas a mí y con quienes he vivido muy de cerca todo lo que es la separación o la ruptura de un matrimonio durante la migración y puedo decir con orgullo que han sido cosas que han superado y hoy son personas con un empuje impresionante y con un crecimiento sinigual luego de las separaciones.
Si bien la migración impone retos personales, desgaste y una serie de eventos que pueden ser difíciles de afrontar, siempre he partido del punto de que cualquier proyecto de migración tiene más posibilidades de ser exitoso cuando este se emprende en pareja (en el caso de quienes tenemos pareja). Particularmente, la diferencia entre mi salida de Venezuela y la de Aimée fue solo de dos semanas (por un punto en particular el cual ya he mencionado) siempre tuve entre ceja y ceja que si me tardaba más de un mes en reecontrarme con Aimée en México, hubiese optado por regresar a Venezuela sin pensarlo dos veces.
“Me voy yo primero y luego te vas tú”
Es una situación bastante común entre cualquier migrante de cualquier nacionalidad, en algunos casos con el fin de ir a probar suerte antes de tomar la decisión de migrar en familia, en otros casos por el factor “durmienda” o acomodación; la persona que sirve de anfritrión para nuestros primeros días como migrante no tiene espacio suficiente para acoger a la pareja o a la familia completa y por ello, se va primero uno de los dos mientras puede comenzar a trabajar y ahorrar para buscar un lugar donde pueda vivir la familia completa, entre una serie de situaciones con las que estoy seguro que muchos se sentirán identificados.
En el caso de Aimée y yo, yo me fui primero a México porqué había situaciones sobre la oferta de trabajo que habíamos recibido desde México que no estaban muy claras. Por lo que decidí ir yo primero junto con mi hermano de migración Eduardo Vega a ver que era lo que había y que no. Luego de ver que podríamos salir adelante en México entonces hablé con quien fue nuestro jefe (y quien luego se convirtió en nuestro acosador) para que hiciera los trámites necesarios para el viaje de Aimée, quien viajó con mi otro hermano de migración Dizzy Villamizar.
El “Me voy yo primero” es una decisión bastante difícil y peligrosa desde el punto de vista de la relación de pareja, ya que al irse uno de los dos, dentro de este proceso de desapego generado por la migración y el cual va dirigido hacia viejas costumbres, tradiciones y rutinas, dentro de todo esto también podemos desarrollar un nivel serio de desapego para con nuestra pareja, ADEMÁS de esto, las complicaciones que pueden presentarse en una migración no planificada pueden poner en riesgo la integridad de la relación y todo esto puede resultar en que “Me fui yo primero y aquí me quedé y no tienes como venirte porqué cerraron la frontera o no hay pasaportes” o (peor aún) “No tengo ni como traerte, ni como regresar yo”.
Ahora bien, dicho esto no quiero decir que migrar en pareja sea algo sencillo, te juro que no. Sin embargo, el tener un compañero de triunfos y fracasos, alguien con quien compartir el peso de la nostalgia y (sobre todo) alguien que sirve también de par para superar las primeras fases de la migración -luego de migrar- como lo son el Desapego y la Adaptación SIN tener que pensar que aparte de todo lo que tengo que superar debo tener presente también que mi pareja está en mi país de origen pasando las de Caín con la presión de que debo hacer todo lo posible para que esta (mi pareja) pueda migrar también.
“Nos fuimos”
Migrar en pareja también tiene sus retos, dentro de las primeras fases de migración una vez que salimos, hay muchos procesos personales que cada uno supera a su ritmo y aunque el estar acompañados ayuda muchísimo y nos da fortaleza, a veces los ritmos de superación son distintos y vienen entonces las diferencias y las discusiones entre la pareja.
Uno logra encontrar cierto nivel de tranquilidad estando lejos, el otro no. Uno encuentra trabajo, el otro no. Uno disfruta el entorno actual, el otro no. Esto trae desacuerdos y -en ocasiones- el nivel de Desapego logrado por uno de los miembros de la pareja puede ser interpretado como desamor, no solo para con su país, si no también para con su pareja y nada más alejado de la realidad.
En ocasiones hasta se puede sentir que el otro se fue solo en su proceso de superación dejando a su pareja atrás y no, solo está avanzando en sus propios procesos buscando fortaleza suficiente para poder regresar por quien se quedó atrás y empujarlo a llegar al mismo punto donde hoy este se encuentra.
Sin embargo… muchas veces nada de esto es suficiente y vienen las separaciones.
La presión entre la renta, los servicios, el trabajo, la sociedad que en sus diferencias nos hace difícil la adaptación y los apegos para con nuestra vida anterior generan tanta coacción que sucumbimos y decidimos separarnos en el camino que ayer decidimos emprender juntos.
He visto personas sufrir, he visto personas sufrir mucho, pero entre las personas que más he visto sufrir han sido aquellos migrantes que se divorcian durante la migración.
He visto personas crecer, he visto personas crecer mucho, entre las personas que más he visto crecer, han sido aquellos migrantes que ser divorcian durante la migración.
Es difícil para mí hablar sobre algo que no he vivido, por ello le pedí a mi amiga, la Psic. Gisela Briceño (venezolana) que compartiera su perspectiva sobre esto. Gisela reside en Colombia desde hace más de 10 años y Gise también participó en el podcast Proyecto: Migración en el Ep. 008 Desapego (clic aquí para escuchar el episodio)
Gise ¿Cómo superar una separación siendo migrantes?
“Es una pregunta bien difícil porqué, el hecho de ser migrante, de no estar en tu país, te da un poco de susto el tener que separarte de la persona con quien estás porqué, al fin y al cabo, tú cuando tienes una relación buscas una estabilidad, y se supone que esa persona que estaba a tu lado te la daba.
Yo creo que hay muchos factores que afectan a la decisión de uno, o de tomar la decisión como tal porqué “Si me separo, me quedo sola, estoy en un país extraño, la red de amigos que siempre he tenido no está”.
¿Cómo superarlo?
Teniendo una buena Red de Apoyo; al separarse uno lo primero que hace es buscar otras personas con las cuales no sentirse solo, entonces esa Red de Apoyo (amigos, compañeros, familia) te va a ayudar a superar esa situación.
Racionalizar; racionalizar la situación, verla con claridad y sin miedo ¿por qué te separas? Entenderlo, tratar de aceptarlo con amor. Hacer un proceso de liberación de esa persona, dejarlo ir y seguir adelante sin necesidad de estar con él (o con ella).
Ninguna separación es fácil, ni de tu país, ni de tus hijos, ni de tu pareja, ni de tus papás o de tus hermanos, pero todo en la vida se puede superar mientras uno esté claro de lo que quiere para sí.”
¿Generalmente, cuánto tiempo nos tardamos en superar una separación?
“Un duelo normal por la separación dura un año o menos. Si pasa más de un año es un proceso que ya está complicado, entonces el tiempo va a estar también dado de ese apoyo de ese círculo social que tú tengas y te apoye para que tu puedas superar esto un poco más rápido. El tema de que uno sea migrante obviamente, hay menos personas a tu alrededor (físicamente) pero también están esas personas que migraron -igual que tú- fueron a otras partes, pero te apoyan, para mí (como psicóloga) pienso que el tiempo puede ser (máximo) un año, si hay ayuda psicológica (terapias) puede ser un poco más rápido.”
¿Qué recomendaciones darían a las parejas que están considerando separarse y a personas que ya estén separadas?
“A las que consideran separarse; no tener miedo. A pesar de que uno esté solo en ese país o que seas migrante; hay leyes y siempre habrá personas que nos van a apoyar, que nos van a dar la mano y no vamos a estar del todo solos.
El miedo no justifica quedarse en una relación donde hay insatisfacción y malestar, JAMÁS. Yo no me puedo quedar en un sitio si me maltratan, si me siento mal, si soy infeliz, si no consigo placer, entonces yo ahí no me puedo quedar.
Hay que cerciorarse también en la parte legal; independientemente de que el matrimonio haya sido celebrado en otro país, siempre hay leyes que te van a amparar. La gente a veces le mete miedo a uno y eso a veces frena para uno tomar la decisión.
El ser humano está provisto de todas las herramientas para salir adelante solo. Llegamos a este mundo solos, entonces estamos provistos de lo que necesitamos y lo que requerimos para salir adelante.”
La mayoría de migrantes que conozco que se han separado, han superado lo más duro de su separación entre 8 a 12 meses. Ahora bien, este número es muy subjetivo. Digo yo que lo han superado porqué he visto un crecimiento en ellos a partir de ese período, pero el factor tiempo es bastante subjetivo y va a depender tanto de la madurez de la persona como de su entorno inmediato (amigos y familiares). De la actitud y del empuje, de nuevo; la migración es un fenómeno cuya inercia nos lleva a donde sea que tengamos que llegar.
El objetivo en la vida es ser feliz, estar satisfecho, vivir tranquilos y llenos; nuestra meta como migrantes incluye lo mismo. Sea solos o acompañados lo importante es sentirnos bien con nosotros mismos. Recuerdo mucho las palabras sabias de mi amiga Beatriz Rodríguez “Todo en la vida es rodearte de personas que te sumen, si no te suman te restan.”
Migramos para renacer, para vivir plenos; solteros, casados o “arrejuntados” lo importante es estar tranquilos y enfocados en nuestros objetivos y (si estamos acompañados) ayudar a nuestra a cumplir sus objetivos, no solo los que tienen en común si no también, esos que son particulares y que llenan de satisfacción a nuestros compañeros de vida y (por ende) también a nosotros.
Debo confesar que me llama mucho la atención lo fenomenal de algunos emprendimientos iniciados por los migrantes en los últimos años. La creatividad, la innovación y la determinación están a flor de piel e inevitablemente la migración es un catalizador para ello.
Esta es la primera entrada de varias que escribiré en la serie Migración y Emprendimiento donde compartiré algunos tópicos, recomendaciones y críticas constructivas sobre los emprendimientos hechos por migrantes y (en algunos casos) para migrantes.
Creo firmemente que dentro de todos y cada uno de los seres humanos que habitamos esta tierra existe un gen de emprendimiento que en algunos casos se desarrolla más que en otros pero que en el fondo, todos poseemos esa capacidad de aventurarnos a ofrecer algo distinto al mundo.
Cuando me refiero a Emprender para Impactar me refiero a ese tipo de ideas que desarrollamos con el único fin de generar un impacto positivo en nuestro entorno y cuando me refiero a Emprender por Emprender hablo de esos emprendimientos que desarrollamos con el único fin de hacer algo que nos genere dinero, hoy quiero hablar de ambos aspectos por separado.
Emprender para Impactar
Cuando vivíamos en Ciudad Victoria, la comida venezolana estaba limitada a la cocina de mi casa y por ende, también el menú. Comíamos arepas cuando mi buen amigo Jenson Colina nos enviaba algún paquete de harina de maíz desde San Luis Potosí o cuando viajábamos a Monterrey que aprovechábamos para comprar harina PAN por docenas. De resto, la comida venezolana era bastante limitada.
En julio de 2016 viajamos a Ciudad de México para renovar nuestros pasaportes, tocaba ir a la embajada de Venezuela en la capital del país y nos lanzamos a ello.
En Polanco, en el mismo lugar donde se encontraba el edificio de la embajada, recuerdo este restaurant de comida venezolana (cuyo nombre me reservaré) y para nosotros fue como entrar al cielo (nunca he ido al cielo, pero debe ser algo así). Desde que entramos al lugar el olor, el acento de quienes estaban en el establecimiento, la música, en fin. Todo el ambiente evocaba a Venezuela. No había banderas por todos lados y la música no era estridente, no. Era todo bien sutil. Estos chamos que abrieron el restaurante lo hicieron claramente para generar este impacto y la ubicación era bastante conveniente; cualquier persona que iba a la embajada de Venezuela podía hacer su parada a la ida o a la vuelta por algo de comer, un cafecito con leche o cualquier otro tentempié.
Recuerdo que tomé fotos hasta el cansancio, no era nada más que por la cercanía que sentía hacia Venezuela estando en un local cercano al centro de la ciudad de México, es decir, a ese nivel fue la experiencia.
Cuando uno hace algo persiguiendo su pasión, se nota. Eso se transmite y la energía que se le imprime es tal que contagia solo con hablar de ello.
Los emprendimientos que mayor rendimiento financiero han tenido han sido los que más han impactado, a mayor impacto, mayor beneficio y todo esto viene pre-programado desde la pasión.
Difícilmente olvidaré la parábola que Nerio Parra compartió conmigo en noviembre de 2019 cuando hablábamos sobre este tema:
“Man, imagínate un señor que vende perinolas en alguna esquina de cualquier ciudad. El carajo se para todos los días en el mismo lugar, juega con las perinolas y cuando alguien se le acerca interesado, le cuenta historias sobre la perinola y disfruta tanto lo que hace que le imprime esa pasión a cada detalle. Naturalmente le va a ir bien, todo basado en lo que transmite.
Pasa alguien y ve que al señor que vende las perinolas le va bien, y decide entonces dedicarse a lo mismo, pero no lo hace desde la pasión que siente por el producto si no persiguiendo los beneficios (económicos). Se para todos los días en la esquina contigua pero no le va tan bien como le va al primer señor, el apasionado, el innovador. Con el pa00so del tiempo desiste. Así pasa con mucho de los emprendimientos; no se comienzan desde la pasión si no desde el beneficio que pueda traer.”

Esto lo he dicho en varias ocasiones y es una sugerencia que seguiré haciendo ya que se nota mucho la diferencia cuando uno emprende persiguiendo el dinero y no lo hace persiguiendo su pasión.
Emprender por Emprender
El fin de semana pasado tuve la oportunidad de viajar a la ciudad de Orlando, mi sobrina cumplió años y la mamá de la niña tomó como iniciativa celebrar su cumple en un parque acuático de esta ciudad. Compartimos con ellos durante parte del sábado y al día siguiente (domingo) estando en Orlando, que es una ciudad donde desde hace mucho tiempo hay buena presencia de venezolanos, decidimos optar por el desayuno tradicional venezolano: FRITURAS.
Buscamos en el GPS y a 3 minutos del hotel donde nos hospedamos había un restaurant de comida venezolana, fuimos con el paso apresurado, con hambre y antojados.
Llegamos, el lugar con muy buena vibra, buena música (me llamó especial atención que el estacionamiento estaba FULL de Toyotas, la marca carro preferida por los venezolanos), entré con mi hermano a pedir. Indecisos por las opciones pedimos lo primero que se nos atravesó en el menú; la orden iba desde Tequeños, pasando por Empanadas, una Arepa, una Cachapa, un Cachito, una Malta y dos Cafés con Leche.
“Las empanadas tardan 8 minutos en freírse” me dice quien nos tomó la orden, le digo que no hay problema, 8 minutos es un tiempo prudente, nada del otro mundo.
Pagamos y nos fuimos al exterior del restaurante donde había una mesa, allí nos sentamos a esperar la orden ya que dentro del local no había espacio para todos.
Pasaron 15 minutos y nada; mi hermano entró y le dieron los dos cafés, luego entrábamos cada 10 minutos a preguntar por la orden y nos decían lo mismo “ya está por salir”, mientras tanto, veíamos que había gente que, recién llegando, entraban al lugar y salían con su comida… “De repente es gente que pidió por teléfono o por las aplicaciones” decía mi mamá.
En total pasaron 45 minutos cuando motivado por la impaciencia de Tomás y Mateo (mis hijos) entré con intención de cancelar la orden y el mismo muchacho quien me advirtió sobre los 8 minutos de espera, apenado me dice “Deme un segundo” entra a la cocina y sale con la orden de tequeños (como pa’ calmar la vaina), “Disculpe la demora Sr.” (me dice). Siendo franco, no tengo problema en esperar, la vaina es que, si me dicen 8 minutos, espero 8 minutos. Todavía si me dicen que hay que esperar media hora o una hora completa hubiese agradecido la franqueza y ya, hubiese sido decisión nuestra si esperábamos o no.
Luego de la orden de tequeños, cada plato que pedimos fue saliendo con un intervalo de 5 a 7 minutos entre uno y otro. Comimos (obviamente) con molestia. Comimos por comer más no por disfrutar lo que es comer un plato típico de tu país estando fuera de este.
El último plato en salir fue el de Aimée (una cachapa), fría la pobre cachapa que quizás cuanto tiempo estuvo esperando en la cocina para ser devorada.
Terminamos de comer, insatisfechos y desencantados. Salimos a encontrarnos con la otra parte de la familia de mi sobrina quienes estaban reunidos y dispuestos a almorzar (sí, ya a estas alturas la mañana pasó y era la hora del almuerzo). Ellos estaban otro restaurant de comida del mar, en este caso el restaurant no era solamente “venezolano” no, era “maracucho”. Es necesario hacer la distinción ya que los platos, la música, la decoración y demás, era con la temática de la región zuliana.
“¡Buenísimo!” (Pensé) llegamos y todo muy bonito; las gaitas, el patio del restaurant da a la orilla de un lago pequeño y la gente con el acento maracucho, todo con su toque. Nos sentimos como en casa (para bien y para mal).
Estuvimos un buen rato compartiendo en familia; llegamos como a las 12:30 pm y a medida de que pasaron las horas era visible que el restaurant se iba llenando. Era domingo, como es costumbre la gente busca opciones para comer fuera de casa.
El restaurante se iba llenando adentro y en la mismo medida, también afuera (en el estacionamiento) empiezo a ver un tumulto de carros, yendo hacia adelante y hacia atrás por lo que salgo preocupado porqué veo que mi carro está rodeado como de 5 carros más, todos mal estacionados.
Al salir veo a una señora en una camioneta pickup ENORME casi encima de mi carro y le hago señas; resulta que estaba tratando de dar paso a otro carro que estaba mal estacionado y necesitaba salir, cuando abro la vista al panorama, todo el estacionamiento estaba lleno de carros, todos apilados sin un orden aparente.
La señora terminó de acomodar su camioneta al lado de mi carro, la separación era como de 50 cm entre el caucho trasero de la camioneta y la puerta delantera de mi carro, la señora se baja con la frescura del mundo y dice “¿Ya no molesto a nadie verdad? Para que no me llamen de nuevo para mover la camioneta” y termina con una afirmación cuya intención no fue negativa pero la interpretación -gracias a contexto- realmente cayó mal “No hay problema, finalmente aquí todos somos maracuchos…”
Señora mía, dudo que lea esto y si llega a leerlo dudo que sepa quien lo está escribiendo o que me estoy refiriendo a usted, pero no todos los maracuchos somos desordenados para manejar o para estacionar los carros. Hay vainas del sentido común que estando dentro o fuera de nuestro país se respetan, de nuevo; es sentido común.
Traté de no dar importancia a aquello y seguimos compartiendo. Pasó una hora, y a las 3:30 pm decidimos empezar a tomar nuestro rumbo de vuelta a casa. Para montarme al carro tuve que hacer contorsionismo y luego tuve que esperar 10 minutos para poder salir del lugar mientras uno a uno, los dueños de los carros apilados iban acomodándose dentro de aquel espacio (ya no le puedo decir estacionamiento). Cornetas iban, cornetas venían, “dale, dale”, “tumbá el volante”, “¡por aquí no!” “¡por aquí ve!” y más se escuchaban ir y venir dentro del caos.
Cuando finalmente quedé libre para salir, resulta que había una fila de -al menos- 10 carros- afuera, esperando turno para formar parte de aquel espectáculo por lo que me vi forzado a salir de retroceso, en un tramo como de 100 metros hasta la AVENIDA PRINCIPAL para poder salir del “estacionamiento”.
Critica Constructiva: si yo como emprendedor, me doy cuenta de que (Gracias a Dios) mi negocio es concurrido a una hora específica, un día específico, no dudaría en contratar a una persona que se encargue de gestionar el orden en el estacionamiento de mi establecimiento comercial. No todo es “ganar cobres”, también hay que invertir en las vainas sencillas que hacen del comercio algo que vaya más allá que un simple intercambio de un servicio por dinero, si no una experiencia.
Digo todo esto no por drenar mi mala experiencia en estos dos restaurantes venezolanos en Orlando. La idea tampoco es vociferar a los cuatro vientos algo que muy probablemente a todos nos ha pasado, no solo en restaurantes venezolanos si no chinos, americanos, italianos o mexicanos. Particularmente YO no regreso más a estos restaurantes, pero estoy seguro de que hay gente que no le da importancia a esto e igual regresarían no una, si no varias veces.
Manifiesto esto para tratar de generar conciencia en el hecho de que; el problema no es emprender por emprender, el problema no es que tengas 5 de 10 clientes que probablemente no regresen a estos restaurantes por un mal servicio, el problema es que cuando fracasamos en nuestros emprendimientos queremos culpar entonces al entorno, al país, a la gente, a la economía o a la pandemia ¿me explico?
De nuevo, cuando emprendemos por emprender, persiguiendo el beneficio económico, no pensamos en nada más que el beneficio económico, entonces nada más importa;
Me pagas – te doy el producto (o el servicio) – FIN ¿y ya?
A lo largo de 2019 tuve la oportunidad de conocer a una buena cantidad emprendedores mexicanos dedicados al ramo de los restaurantes y algo curioso que todos tienen en común es este precepto: los principales consumidores de comida mexicana en los Estados Unidos no son los mexicanos, son los americanos. Por ello, los platillos suelen ser los mismos en todos los restaurantes, solo cambia la sazón. Por esto también, la mayoría de los restaurantes mexicanos en los EE. UU. tienen la misma decoración, los mismos colores, los mismos cuadros de Pedro Infante y la lista de reproducción de mariachis que se repite una y mil veces. Ellos venden comida, pero también ofrecen una experiencia incluyendo las fotos con el burro y con el sombrero de mariachi, suena a cliché, pero es así.
Me pongo a pensar si estos restaurantes venezolanos ofrecen el servicio pensando en los americanos (?) Lo dudo, no regresarían ni que les paguen.
Cuando emprendemos con el fin de impactar, nos esmeramos en los detalles; en lo bonito, en el sabor, en la experiencia y no veo a mis clientes como clientes si no como personas que se acercaron por lo que yo les puedo ofrecer EN GENERAL, no por el producto que les quiero vender.
Me da mucho gusto ver la cantidad de restaurantes típicos que hoy existen, personas que hacen comida de su país en sus casas para ofrecerla al público, “Food Trucks” “Food Trailers” y demás opciones para los comensales que quieren probar la comida de su país cada cierto tiempo para variar el menú y para sentirse cerca de donde es uno pero, es fácilmente visible cuando alguien hace la comida con el gusto de preparar algo bueno y cuando se hace con el único fin de un beneficio económico y les aseguro que en el segundo caso, la gente difícilmente les volverá a comprar.
Con esta entrada no quiero hablar solo sobre emprendimientos que tienen que ver con la comida, me refiero a cualquier tipo de emprendimiento, emprendimientos digitales, servicios, consultorías, asesorías, etc.
Si les contara de la cantidad de paisanos venezolanos que han sido timados aquí en los EE.UU. con el asunto de la preparación de sus casos de asilo… MUCHÍSIMOS.
A diferencia de personas buenas en los suyo, capacitadas y que lo que hacen lo hacen con gusto y con empatía, obviamente cobran… naturalmente no lo hacen gratis, pero lo hacen desde la pasión, desde la empatía y como este, muchos otros ejemplos.
No emprendamos por emprender, nos emprendamos persiguiendo el dinero porqué les juro que al dinero no le gusta ser perseguido. El dinero va a las manos de quien está preparado para recibirlo, al apasionado, al que hace las cosas con gusto. El dinero es mañoso, él sabe llegar a donde sabe que será reproducido.
Me han preguntado infinidad de veces “y cuéntame ¿cómo son tus ganancias por eso de tu proyecto de migración ese?”. Mi respuesta es bien sencilla, comencé con Proyecto: Migración sin pensar en el dinero, si en algún momento todo lo que hago genera un impacto tal que el dinero voltee a verme y quiere venir, chévere. Si no, chévere también. Cuando respondo esto la gente (en su mayoría y con tono condescendiente) me dice “ahh… entonces es un hobby…” En este punto solo suspiro.
Tenemos una concepción extraña de que aquello que nos apasiona solo puede ser considerado como emprendimiento si nos genera un ingreso en dinero. Ojalá, pudiésemos entender que tan importante como el dinero es la energía inyecta el hacer algo que nos apasiona, solo en este punto podremos entender plenamente la diferencia entre Emprender para Impactar y Emprender por Emprender.
Hay emprendimientos que necesitan ser regados, que necesitan trabajo, mucho trabajo y a veces más trabajo antes de comenzar a generar dinero, obviamente todo va a depender del ramo en el que decidas emprender.
No puedes abrir un restaurante y esperar pagarle a tus proveedores y a tus empleados solo con pasión “Tengan muchachos, 3 gramos de pasión para cada uno” No. Pero insisto en el punto de pensar en el dinero como una herramienta, más que como el fin único.
Considero que la vía para el crecimiento económico fuera de nuestros países se encuentra principalmente en hacer no una, si no varias actividades que generen varios ingresos, pero no puedo contar una sola anécdota de algún emprendimiento en el que haya triunfado en el que la pasión no haya sido un factor determinante, a diferencia de los emprendimientos de los que te puedo hablar de que no han durado un mes precisamente porqué solo emprendí buscando un beneficio económico.
“Tan es así” (como dicen los abuelos) que el mismo Nerio Parra, estudioso del tema de inversiones en mercados bursátiles y demás vehículos inversión, a lo largo de la segunda temporada del podcast Proyecto: Migración, insistió en que incluso las inversiones que hacemos en acciones a largo, mediano o corto deben ir relacionadas a empresas o a temas (número 1) que entendamos y (número 2) que sean en cosas, empresas o servicios con los que nos sintamos identificados. (Sobre esto haré posteriormente una entrada exclusiva).
Otro factor es que cuando emprendemos solo por el dinero, en algo que no entendemos o con lo que no nos sentimos identificados, es que al llegar el primer carajazo, la primera pérdida, el primer fracaso, listo: hasta ahí llegamos, y es por ello por lo que vemos tantos nuevos emprendimientos fracasar durante su génesis en los primeros tres meses o menos.
Cuando se emprende con pasión aguantamos no uno, si no los carajazos que vengan por qué si algo tiene la pasión es que genera en quien la posee una convicción difícilmente doblegable.
La foto no es para alardear de los títulos que poseo, realmente todo esto reposa en una caja plástica refundida en un closet porqué no recuerdo cuando fue la última vez que tuve que utilizar mis títulos para algún tramite legal, sin embargo, esto no resta su valor, no al papel en sí; si no a todo lo que tuve que pasar, aprender y todas las experiencias que tuve que vivir para poder obtener estos rollos de papel.
Quisiera contarles la historia de cuando me tocó apostillar mis títulos en la Oficina de Legalizaciones del Ministerio de Relaciones Exteriores en Caracas:
Aquel Julio de 2011 fui a Caracas con Aimée con una maletica llena de papelitos, la encomienda incluía un título como Licenciado en Música (en la foto), un título como Licenciado en Educación (en la foto) y 2 juegos de notas certificadas (originales y copias).
En 2011 la migración desde Venezuela no era lo que es hoy, la fila para la oficina de legalización era relativamente corta. Era un trámite de dos días, dejar los títulos hoy y tenerlos de vuelta mañana.
La fila para entrar a la oficina de legalizaciones marchó con normalidad, entramos al edificio, compramos las estampillas (timbres fiscales) a los títulos, luego hice la fila para la ventanilla de recepción de documentos y entregué los títulos.
Al día siguiente, regresamos a la oficina a primera hora. La fila era igual de corta pero en esta ocasión algo había en el aire, algo se sentía distinto… La oficina (que se supone abre a las 8:00 am) no abría las puertas y las personas que estaban en los primeros lugares en la fila se veían inquietos y poco a poco la inquietud fue escalando a lo largo de la fila. A las 9:o0 am sale un trabajador (a quien había visto el día anterior dentro de la oficina de legalizaciones) sus zapatos estaban cubiertos con bolsas plásticas y todo él estaba empapado. Con voz fuerte e intensa dice “Señores… se nos inundó la oficina… pasarán de 10 en 10 a recoger sus documentos, lamentablemente algunos documentos sufrieron daños.” Debo decir que sentí de golpe un frío intenso, se me pararon los pelos, se me arrugó el estómago, y empecé a sudar frío.
«Como chivo al matadero» fuimos pasando de 10 en 10; la inundación inhabilitó los ascensores del edificio sede del Ministerio de Relaciones Exteriores por lo que debíamos subir por las escaleras. Las escaleras parecían cascadas, el agua bajaba por la fosa y por los escalones y debíamos caminar pegados a la pared para evitar mojarnos. Finalmente llegué a la ventanilla y me recibieron con mis títulos y con una carta emitida por la titular de la oficina… el título de educación sufrió daños severos por el agua, estaba arrugado, con la tinta de las letras chorreada y aún estaba húmedo… la titular de la oficina se excusaba en la carta explicando el accidente y en ventanilla (al ver mi cara) me dijeron “al menos las firmas no sufrieron daño…” al menos…

La frustración…
Salí de la oficina casi llorando, llamé por teléfono a la universidad a ver si había posibilidad de reemplazar el título, en la universidad me dijeron que debía llamar al Centro Nacional de Universidades (CNU) llamé al CNU y me dijeron que sí pero que era un proceso bastante complicado, por lo que tuve que llamar a una serie de entidades más. Estábamos a un mes de salir del país por lo que las opciones -realmente- eran reducidas.
Nos montamos en el metro de Caracas, luego en el autobús y durante una hora del trayecto permanecí mudo, desde el centro de la ciudad hasta El Llanito donde mi tía Ligia nos albergó durante esos días. En el fondo sentía que era una manera en la que mi país me confirmaba que estaba perdiendo mi tiempo en él, por otra pensaba “¿cómo podemos pertenecer a un sistema donde pasen estas cosas y nadie responda?”
Cuando veía el título dañado, el dolor que me generaba no era el papel en sí, si no todo lo que representaba.
El clamor popular es que los títulos en el extranjero “no valen” y no puedo estar más en desacuerdo con esta afirmación y no por el hecho de que tuve la fortuna de desempeñarme profesionalmente en México, incluso hoy cuando estoy lejos de trabajar como profesional mis títulos tienen un valor que va más allá del papel y de la apostilla.
Tanto como en bachillerato como en la universidad -entre mil cosas más- aprendí
el valor del Trabajo en Equipo;
el saber cuándo debo hacer silencio y cuándo debo escuchar, no para saber que responder si no para ofrecer empatía por quien me habla;
la Perseverancia;
la Resiliencia;
la Organización;
los Métodos;
Sistematizar hasta los procesos más sencillos para que sean más efectivos;
la Capacidad de Análisis;
MÍ valor como persona;
como torear a la gente mala y como valorar la gente buena.
Lo que está bien para el mundo y lo que realmente está bien para todos, así como lo que está mal y lo que realmente está MUY mal.
Todo aquello lo aprendí mientras estudiaba para obtener mis títulos y DE HECHO, mis primeros acercamientos a la migración y migrantes los tuve mientras estudiaba. Siendo alumno en la Uni de profesores Polacos y Cubanos así como recibir clases de profesores venezolanos estudiados en Rusia y en Italia, entonces ¿no valen mis títulos en el exterior? ¿Seguros?
Gran parte de quién eres hoy lo aprendiste en el pasillo de la escuela o de la universidad. Los títulos universitarios o de bachiller van más allá del papel y de la institución que estos representan. Estos son una muestra de mil experiencias, perseverancia y un montón de cosas más que hoy aplicas en tu día a día y eso VALE MUCHO.
Hoy los títulos están guardados en una caja plástica (quedé con la psicosis y están resguardados en plástico de manera que no sufran ningún daño por agua). No recuerdo cuando fue la última vez que los abrí. Son como una fotografía cuyo valor no está en el papel o en el uso que le pueda dar sino en los aprendizajes y en los recuerdos.
Dudo haber podido escalar en los pocos trabajos -no profesionales- que he tenido como migrante si no hubiese sido por todo lo que aprendí cuando estudiaba. Hasta lo más básico del poco inglés que sé, se lo debo a las clases en bachillerato y a la maestra Milagros quien insistentemente nos enseñaba “el verbo to be”.
¿Me siento triste por no poder ejercer mi profesión nuevamente?
PARA NADA.
Siento que como profesional hice lo que tenía que hacer y cumplí con muchos de mis objetivos personales.
Hoy siento dicha por saber que no necesito presentarme con mi título antes de mi nombre y me da gracia por quienes aún lo hacen, no por nada malo, solo que mucha gente se presenta ante mí con su título antes que su nombre «¡Mucho gusto! Licenciado Raúl Venegas.» o «¡Mucho gusto! Ingeniero José Bonilla para servirle.» y no saben todo lo que he pasado y todo lo que me ha costado entender que mi nombre no necesita ser antecedido por un título para que tenga más valor.
Me ha pasado incluso que la gente me ha mirado con lástima cuando me ven lleno de pintura y saben que en Venezuela tuve la oportunidad de estudiar dos carreras y de ser profesor universitario tanto en Venezuela como en México y me causa ternura porqué ellos realmente piensan que me siento mal por ello y es todo lo contrario, solo siento satisfacción.
Te recomiendo sentarte a pensar (y aún más recomendable, escribir) todo lo que viviste y todo lo que aprendiste durante estudiabas y que actualmente son valores que te representan; la próxima vez que escuches «es que los títulos en el exterior no valen nada» piensa en ello y te sentirás satisfecho al saber que gran parte de quien eres hoy no es por el papel que hoy no vale, si no por las enseñanzas que valen muchísimo y no se te formará el nudo que se te forma actualmente en el esófago cuando escuchas esto.